Belén llegó a las dos de la tarde a mi apartamento. Escuché el intercomunicador cuando estaba en el baño, por lo que tuve que salir a mitad de la cuestión para atenderla. Si no, era muy probable que se largara sin avisarme, posponiendo innecesariamente el asunto que teníamos pendiente. Sabía que era ella. De hecho, mi reacción repentina se debió precisamente a que la estaba esperando.
-
Sube
–le dije por el intercomunicador.
Iba vestida con su característica
combinación emo/gótica, parecida a la del cantante de The Cure, unos audífonos extragrandes Skullcandy colgaban de su cuello, cerrándose bajo su barbilla como
si fueran la versión futurista de algún dispositivo de tortura:
-
Jhonny
dijo que sí, que te va a mandar varios samples
por correo y tu eliges.
-
Perfecto.
Dejé que se quedara en la sala
mientras completaba mi misión en el baño y luego salí con ella hasta la
panadería de la esquina. Nos tomamos un café en la parte de afuera y hablamos
por un rato. Me contó que había leído el guión y que le gustó, ya llevaba las
primeras grabaciones por lo que todo el audio estaría listo pronto. Faltaba
sincronizar la animación, Agatha y yo nos encargaríamos de eso… La intención
era hacer un video-documental sobre cierta subcultura urbana que solía
presentarse en las plazas y en algunas esquinas de la ciudad. Lo que más me
llamó la atención sobre ellos fue que, después de ir a sus eventos y verlos
actuar muchas veces en público, tuve la certeza de que no eran normales.
Primero: el maquillaje era demasiado real, los personajes que tenían apéndices
adicionales (había una mujer con cuatro brazos, por ejemplo) de hecho los
movían, y se veía muy natural. ¿Cómo hacían para conseguir esos efectos?
Sobretodo tratándose de presentaciones en la calle. A veces aparecían unos
sujetos con barbas que se movían como tentáculos. Era como si estuvieran
disfrazados de Davy Jones, el de Los Piratas del Caribe… Otros emergían con mucho ruido de una
especie de cápsula metálica, muy sofisticada para ser parte del escenario, que
inundaba todo con humo de colores. Por supuesto no faltaban los efectos de luz,
la música, la gente tomando o fumando alrededor… Mezclaban de todo: pequeñas obras
de teatro, conciertos, exposiciones. Las funciones nunca duraban más de cuarenticinco
minutos y las anunciaban sólo en su página web muy poco tiempo antes, pero la
gente que asistía quedaba desconcertada desde el principio, incapaz de
reaccionar ante toda aquella magia que ocurría a su alrededor: las esquinas
cubiertas con telas y carpas, complejas instalaciones que asemejaban andamios
de huesos, proas de barcos fantasmas, monstruos indescriptibles de papel maché y
simulacros de planetas oscuros y nebulosos… Los argumentos que representaban eran
a veces difíciles de entender. Podían salir con una historia surrealista, sobre
alienígenas que poblaban el mundo en diversas épocas, o una adaptación
psicodélica de las tragedias griegas. En ocasiones simplemente salían unos
trapecistas (disfrazados de muchas cosas) que hacían maniobras increíbles y la
música los envolvía en un ambiente sobrenatural.
La idea que teníamos para preparar el
documental era recopilar la mayor cantidad posible de información, asistir a
sus eventos y tratar de conectarnos con los organizadores. Tomar fotos, grabar
videos, conversar con los que estaban por ahí y captar sus impresiones… Nos
dedicamos enteramente a eso. Poco después de que comenzáramos, sin embargo,
descubrimos algo que nos hizo darle un nuevo rumbo a la investigación. Yo
seguía intrigado por la calidad de sus maquillajes así que tomé fotografías muy
cerca del escenario con la cámara profesional. A la vez, Agatha y Belén se
esforzaban por entrevistar a la gente y grabar todo. En las noches libres
editábamos lo recogido, sacando lo más importante, ordenando, escribiendo una
descripción detallada de lo que habíamos visto… Así nos dimos cuenta de la
primera anormalidad: era imposible hablar con los actores o demás miembros del
evento, se negaban a acercarse y salir del escenario. Por otro lado, cuando
tratábamos de abordarlos mientras recogían los equipos una vez que terminaba la
función, nos sorprendía el hecho de que lo hacían demasiado rápido. La gente
dispersándose, sumidos en la más absoluta perplejidad, entorpecía nuestro
camino hacia donde se encontraban. Pasados unos pocos minutos ya no estaban.
Desaparecían como si se los hubiese tragado el éter… Ese era un serio
inconveniente. Sin su testimonio no teníamos nada, la gente del público no
hablaba durante la función, se limitaban a sonreír estúpidamente y con los ojos
vidriosos mirando la obra. Al salir decían que no querían hablar del asunto, o
que lo habían olvidado por completo… Esos acontecimientos, a la par que nos
parecieron desconcertantes, sirvieron para interesarnos aún más en la
procedencia de aquellos artistas.
Belén había terminado su café y me
señalaba algo debajo de la mesa. Era su mano acercándome dos ampollas de vidrio
que contenían un líquido azul y aceitoso.
-
Este
lo conseguí por FallMart –me dijo. Es
buenísimo.
-
¿Qué
hace?
-
Pruébalo
y después me dices.
-
¿Es
alguna mierda japonesa de esas que a ti te gustan?
En eso me llegó un mensaje de texto.
-
Agatha
está afuera –dije. Vámonos de una vez.
-
Guardé las ampollas en el bolso y
salimos hasta la calle. La tarde se precipitaba sobre nosotros y el cielo
oscurecía rápidamente, cubriéndose de espesas nubes negras que anunciaban
tormenta. El estruendo de los carros atascados en la cola nos abrumó de
inmediato, por lo que decidimos salir de allí pronto. Agatha había terminado
las ilustraciones y esa misma noche nos pondríamos a revisarlas. Acompañamos a
Belén hasta la parada del autobús, repasando lo que habíamos avanzado en el
proyecto y después nos fuimos.
En el apartamento preparamos una cena
sencilla, entusiasmados más bien por probar las ampollas. Prendimos las
computadoras, apagamos las luces y nos pusimos a trabajar en el documental. Luego,
Agatha me agarró del brazo y, con los ojos abiertos como platos, me dijo:
-
¡Tengo
que mostrarte algo!
Era una fotografía que había tomado
en la esquina del teatro. Se veía el vendedor de cotufas en un lado, dos
mujeres pasando, y desde el fondo del boulevard se aproximaba un hombre que
sostenía muchísimos globos y muñecos inflables sobre su cabeza.
-
Mírala
bien.
Una parte de la imagen se veía verde,
en el centro, poco perceptible, pero de tal forma que producía un efecto
particular, difícil de describir. Como si algo, un objeto invisible en medio de
la calle, tratara de hacerse notar por medio de un aura y ésta distorsionara
levemente el color a su alrededor.
-
¿Qué
es?
-
Esa
cosa verde que ves ahí estaba frente al teatro esta tarde cuando pasé. Pensé
que me lo estaba imaginando pero mira, salió en la foto. Ahí presentaron la
obra la semana pasada. No pude acercarme porque había mucha gente, pero creo
que tiene que ver con ellos, desprende esa misma energía loca que ellos
producen.
La estudié con más detenimiento.
-
Tenemos
que ir –dije.
-
¡Sí!
Vamos mañana, salimos en la noche.
Pusimos música y, arrebatados de
nuevas energías, editamos las fotos en la computadora. Nada fuera de lo común,
aunque me seguía intrigando sobremanera el maquillaje de los personajes que
había logrado capturar mientras representaban un drama sumamente complejo que,
por cierto, ninguno de nosotros entendió. Algo referente al infierno, donde
criaturas insectoides trabajaban en el interior de una mina ardiente,
extrayendo un mineral desconocido.
Horas más tarde sonó mi teléfono
celular, era Belén otra vez. Llamaba para confirmar que nos acompañaría al día
siguiente (Agatha le había escrito un mensaje de texto), y planificamos hacerlo
después de las siete de la noche, cuando no hubiera tanta gente ni vendedores
ambulantes transitando por ahí.
-
¿Qué
fue lo que consiguieron exactamente? –preguntó.
-
No
sé –le dije-. Agatha vio algo frente al teatro, revisa tu correo electrónico
que te vamos a mandar la foto.
Puede ser un efecto de la luz, escribió después en otro mensaje. No, le respondí, hay algo ahí
y tenemos que averiguarlo ¿qué sabes tu? Puede ser la clave para conseguirlos,
ya es seguro que no van a dejarse entrevistar y tenemos que salvar este
documental a como de lugar, quedarnos esperando no va a servir de nada, además,
pueden desaparecer en cualquier momento, repentinamente… Todavía no entiendo
cómo eso nos va a ayudar a encontrarlos, me dijo, creo que estamos viendo cosas donde no las hay, ¿recuerdas cuando te
dije que me pareció verlos en el metro? No fue más que un error, esas ampollas
que compré me hacen alucinar aunque no las esté consumiendo. No sé, le
respondí, tenemos que ir igual, no
perdemos nada llegándonos hasta allá.
Efectivamente, al día siguiente en la
noche estábamos en las inmediaciones del teatro. Yo llevaba mi cámara, Agatha y
Belén también, por si acaso.
Es posible que estuviéramos
exagerándolo todo, al fin y al cabo yo era el más empeñado en conocer el origen
de aquellos artistas callejeros, cualquier dato que develara algo de su
existencia… No me iba a dejar convencer de abandonar la investigación bajo
ninguna excusa. La manera como actuaban sobre el escenario, el maquillaje que
utilizaban, cómo gesticulaban cuando recitaban el guión, todo era raro en
exceso. Eso sin mencionar esa particular actitud que tomaban al ver que uno de
nosotros se acercaba para entrevistarlos. El hecho de que se largaban
rápidamente una vez que terminaba la función, y nosotros incapaces de saber a
ciencia cierta hacia dónde se dirigían. Si tenían vehículos de transporte
seguro estaban a muchas cuadras de distancia, o simplemente se iban a pie pero,
en ese caso, ¿qué dirección tomaban? Ya he dicho que lo que nos hacía más
difícil seguirlos era que, apenas apagaban la música y se dispersaban bajando
el escenario, la gente del público parecía despertar del trance cósmico en que
estaban sumidos y, paralizados un instante por la incomprensión, emprendían su
retiro caminando lento y en zig-zag, como los pingüinos, atravesándose e
impidiendo nuestro propósito de alcanzar a los actores. Por otro lado pensaba
que cualquier cosa que consiguiéramos iba a ser de alguna forma sorprendente y
reveladora… Es decir, si los motivaba alguna intención secreta, tarde o
temprano la descubriríamos. Además, ¿qué era eso que producían sobre los demás?
No nos explicábamos cómo diablos hacían para drogar a la gente a esos niveles
con sus espectáculos. Pasé horas contemplando las fotos, ampliándolas en la
computadora, una y otra vez, con la finalidad de descifrar la configuración de
sus disfraces. No podía ser sólo pintura, mucho menos disfraces de goma o de
papel endurecido con pega. Agatha había captado un primer plano de uno de los
actores en la función que presentaron frente al teatro: un sujeto bastante
alto, quizá de dos metros, que portaba un rifle antiguo colgado del hombro, su
piel era verde, grisácea, cuarteada y áspera. Por debajo del sobretodo salía
una cola puntiaguda y con crestas, como la de una iguana mutante. Mi
curiosidad, por esta misma causa, se
convirtió prácticamente en una obsesión.
La esquina del teatro estaba casi
desierta, a excepción de algunas personas que caminaban por la plaza,
seguramente en dirección a sus casas después del trabajo. Nos desplazamos
disimuladamente alrededor de la cuadra, hablando sobre cualquier cosa entre
nosotros y fumando cigarrillos, deteniéndonos una que otra vez a mirar las
vitrinas que, por alguna razón que me tenía sin cuidado, aquel día mostraban
exhibiciones de vestidos muy coloridos y brillantes, parecidos a los que se
utilizan en las películas de ciencia ficción.
-
La
semana que viene creo que comienza la feria de disfraces futurista –dijo
Belén-. Deberíamos ir.
-
No
pienso disfrazarme –respondí, pero ya era demasiado tarde, Agatha había
cambiado su expresión a la de entusiasmo absoluto que solía poner cuando una
fuerza mucho más poderosa que su voluntad la hacía determinarse
irremediablemente.
-
¡Sí!
–dijo, mientras se sujetaba la cabeza entre las manos como una caricatura.-
¡Vamos! Ya sé de qué voy a disfrazarme.
Anulada mi consideración previa,
olvidamos el asunto y caminamos distraídos hasta la esquina del teatro, justo
donde, según la foto, aparecía el aura extraña que distorsionaba los colores
alrededor… Primero nos percatamos de que no hubiera nadie cerca, ubicamos un
lugar en la acera donde pudiéramos sentarnos por unos minutos para verificar
desde allí el perímetro y esperamos. No pasó mucho tiempo antes de que los
tres, a la vez, nos sobresaltáramos con lo que se divisaba a unos pocos metros
de nuestra posición. La pared frontal del teatro, de gruesa arquitectura
ornamentada, estaba iluminada sutilmente por destellos verdes que partían desde
el suelo y hacia arriba. Lo mismo ocurría con el edificio de enfrente. ¿Cómo es
que nadie lo notaba?
-
¿No
será que sólo es una luz que pusieron allí? –pregunté.
-
No
es una luz –dijo Agatha- Mírala.
Belén tenía los ojos fijos en la
parte superior de la pared, sin reaccionar. Efectivamente, allí se notaba
cierto movimiento constante, como si se tratara de uno de esos globos luminosos
de las discotecas.
-
Acerquémonos
–dije de repente, desde aquí no vamos a ver nada.
El trayecto nos pareció eterno, al
igual que cuando uno está dentro de un sueño y pretende desplazarse con
normalidad. Más allá de la plaza, en la cuadra opuesta, se escuchó el motor de
un carro que, a escasa velocidad, se dirigía hacia el sur. Por lo demás, todo
estaba en el más completo silencio, casi místico. La combinación de luces y
sombras que producían los faroles y las lámparas de los edificios pintaba el
ambiente de muchos colores. Sin embargo, el más vistoso y sobrenatural era el
rayo verde que, a medida que alcanzaba la parte más alta de las paredes, se
hacía más intenso. Su movimiento nos hipnotizaba, en el fondo sabíamos que algo
más allá de nuestra comprensión estaba sucediendo allí, es decir, aun no
descartábamos que aquello pudiera ser una simple lamparita de esas que
incrustan en el suelo con intensión decorativa, pero su efecto sobre nosotros
era de fascinación.
Ninguno dijo nada, sólo seguíamos
caminando, hechizados como cuando el perro de las comiquitas de Tom y Jerry huele una chuleta y, fuera
de control, flota hacia ella.
Finalmente, a unos pasos del centro,
la visión se hizo más nítida y su influjo nos paralizó como estatuas en plena
calle. En las paredes se proyectaban formas que no logramos asimilar al
principio, pero luego se sincronizaron al punto de suscitar en nosotros
sentimientos perturbadores. Lo digo así porque en verdad no consigo otra manera
de explicarlo, más allá de que las ampollas azules que consumiéramos el día
anterior todavía pudieran estar ejerciendo su poder en nuestro sistema
nervioso, otra cosa aun más potente parecía llamarnos
desde aquellos destellos verdes que se reordenaban constantemente a escasos
metros de distancia, proyectando imágenes complejas que abarcaban casi toda la
pared, de tal manera que se nos hacía imposible observarlas a cabalidad e
identificarlas.
Bien sea porque nos habíamos quedado
sin habla momentáneamente, o porque el estupor que nos poseyó era tan fuerte
como para sacarnos del plano real durante una porción indeterminada de tiempo,
permanecimos así hasta que un ruido, proveniente de la esquina al norte del
teatro, logró traernos de vuelta y hacernos conscientes del terrible
acontecimiento que se estaba suscitando allí. Las formas en la pared se
tornaban monstruosas, frenéticas y, posteriormente, desaparecieron de vista sin
sonido alguno, cual una ensoñación producto de la maldita droga en ampollas que
Belén se empeñaba en conseguirnos a través de una página web clandestina y por
lo demás fuera de los límites de la confianza.
-
Me
largo de aquí –dije-. ¿Qué coño es eso que suena?
Agatha me tomó de la mano,
apretándola fuerte, y anunció:
-
¡Hay
algo en el piso!
En el sitio donde segundos atrás no
parecía haber nada (pues yo mismo escudriñé por todos lados buscando el posible
origen del destello que se proyectaba en la pared) había una pequeña piedra
verde, irregular, de cortes rectos y puntiagudos. Actué rápido y sin
controlarme, impulsado por un pálpito de valentía el cual no supe precisar su
origen: la agarré, sin hacer caso a las exclamaciones de asombro que, con los
ojos de par en par y temblando, proferían Agatha y Belén.
Pesaba muchísimo, de su interior se
desprendía una energía radiante cual si fuera algún mineral poderosamente
radioactivo/extraterrestre. Al ver que nada sucedía, es decir, después de que
por varios segundos (quizá minutos) la sostuviera sin sufrir ningún tipo de
consecuencia inmediata, levanté la vista hacia la oscuridad más allá del bulevar.
Llegó otra vez junto con la brisa fría el ruido de algo arrastrándose, como si
muchos cartones fueran desplazados de un lugar a otro en la esquina posterior
del teatro (suele suceder cuando pasa el aseo urbano y los trabajadores, para
ahorrar tiempo y esfuerzo, montan varias bolsas sobre los cartones para
trasportarlas al camión). Miramos todos en esa dirección, yo todavía con la
piedra sujeta en mi mano, perturbados. En eso Belén salió corriendo, sin previo
aviso, hacia el lugar donde venía el ruido. Sostenía su cámara, que a la vez
llevaba colgando del cuello, y ni siquiera se volteó a mirarnos, dejándonos
perplejos por su reacción. No pudimos hacer otra cosa que seguirla, apresurados
y con miedo, hasta donde sea que pensaba llegar. No contábamos con la facultad
de reconsiderar nuestros actos, Agatha lucía terriblemente pálida… Belén iba ya
lejos, sólo se perfilaba su silueta delineada por la luz anaranjada de los
postes, agitándose mientras corría, con sus zapatos de goma golpeando el
empedrado entre los edificios. Se detuvo cerca de unos contenedores de basura y
miró a su izquierda, a continuación llevó sus manos a la boca, como para sofocar
un grito, y dio algunos pasos hacia atrás. Faltaban varios metros para que
nosotros llegáramos pero su reacción hizo que aceleráramos hasta alcanzarla…
He leído incansablemente sobre
disociaciones de la realidad, de hecho, puedo decir que las persigo. Me gusta
creer que, como dice H. P. Lovecraft: Los
hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción
entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo
en virtud de los frágiles sentidos físicos y mentales mediante los que las
percibimos; pero el prosaico materialismo de la mayoría tacha de locuras a los
destellos de clarividencia que traspasan el vulgar velo del empirismo chabacano.
Así como hay innumerables personas que aseguran haber visto fantasmas, o haber
sido secuestrados por alienígenas, cada quien tiene (a distintos niveles, por
supuesto) una experiencia cercana con lo sobrenatural, que no se atreven a
comentarla y mucho menos a repensarla hasta ir más allá del aparente sentido
lógico. No quiero extenderme en cuanto a esto, sobretodo porque sé que se trata
de una excusa para tratar de comprender lo que vimos Belén, Agatha y yo en
aquella esquina cerca del teatro. Ya los espectros que se reflejaban en la
pared, a todas luces provenientes de la piedra que ahora cargaba en el
bolsillo, habían trastocado la estabilidad de nuestra estructura mental. Digo
que estábamos básicamente al borde de la locura, el acto repentino de Belén al
salir corriendo desesperada, sin nada más que su cámara, persiguiendo el ruido
y sin siquiera detenerse a pensar en qué demonios estaba pasando, muestra mucho
acerca de cómo nos sentíamos en ese momento. De igual forma, fuese cual fuese
nuestra situación, se vio empeorada por lo que presenciamos cuando llegamos a
la esquina.
Tras un carro estacionado en la
oscuridad un hombre increíblemente alto, más alto que cualquiera que hayamos
visto antes, me atrevo a decir, en nuestras vidas, estaba parado y sosteniendo
una cadena templada cuyo extremo se perdía dentro del callejón. Nos llegó el
sonido de lo que parecía ser un perro jadeando, o muchos perros jadeando y
gruñendo iracundos. Yo halé a Belén por el brazo, con la intención de largarnos
de allí cuanto antes, ya que el miedo había sido suplantado por el instinto de
supervivencia. Sin embargo, en ese instante el hombre nos vio. Puedo asegurar
que sus ojos reflejaban el ardor de las llamas, pero cualquier descripción que esté
tentado a agregar ahora se aproximará más a los delirios de alguien que,
profundamente influenciado por alguna historia de terror, pretende describir la
bestia de sus pesadillas. Lo que sí es indudable, pues los tres lo vimos con
todo detalle, fue que el sujeto haló la cadena con fuerza y del interior del
callejón salieron dos enormes perros, negros y brutales cual guardianes del
infierno… No conozco las razas caninas, por lo que fui incapaz de encasillarlos
en alguna. Igual, no hubiera servido de nada. Sólo vi sus cuerpos
retorciéndose, ladrando y alejándose lentamente junto con el sujeto que los
conducía. De inmediato cruzaron y se perdieron tras un edificio en
construcción.
-
¡¿Qué
mierda es eso?! –pregunté. Pero luego se escuchó un grito de mujer que atravesó
la calle cortando la soledad nocturna como una flecha y enmudeciéndome en el
acto.
Alguien estaba en el callejón, y
lloraba con aullidos desesperados…
-
Tenemos
que ir a ver –dijo Agatha sin previo aviso.
-
¡¿Quéee?!
¿Estás loca?
-
Vamos,
hay alguien ahí.
-
Ya
sé que hay alguien ahí –dije-. Pero no voy a acercarme. ¿Acaso no viste al
sujeto que estaba allí? Tenía perros… ¡Perros! ¿Quién coño va a andar paseando
con semejantes perros por aquí? Además, ya nos vio. Podría estar siguiéndonos
ahora…
-
Yo
también creo que deberíamos acercarnos –dijo Belén.
-
¡Maldita
sea! Nos van a matar.
Una vez más, mis consideraciones
fueron anuladas y nos dirigíamos sin remedio hacia donde escuchamos el grito.
Está de más decir que la calle seguía completamente desierta, con algunos
carros estacionados en la penumbra de los callejones y el semáforo titilando en
amarillo. Ya eran casi las diez de la noche. Muchas cuadras más allá me pareció
ver que pasaba, de un lado al otro, un hombre vestido con harapos y llevando un
carrito de supermercado, posiblemente recolectando chatarra. Recordé las
palabras del antropólogo americano Loren Eisley, citado por Louis Pauwels en su
prólogo a El retorno de los brujos,
cuando tantea la posibilidad de traspasar las fronteras entre lo real y lo
fantástico: Encontrar otro mundo –dice-
no es únicamente un hecho imaginario.
Puede ocurrirles a los hombres. Y también a los animales. A veces las fronteras
se deslizan o se confunden: basta con estar allí en aquel momento…
En lo que a mí respecta, la atmósfera
de esa noche me llenó de incertidumbre y temor. El hombre de los perros, con su
silueta alargada y terrible como un ídolo de piedra, podía ser la manifestación
de una dimensión desconocida, ajena. Loren Eisley lo ilustra de una manera muy
ingeniosa, obligándonos a reflexionar detenidamente en el asunto. Dice: Yo presencié cómo le ocurría esto a un
cuervo. Este cuervo es vecino mío. Jamás le he hecho el menor daño, pero tiene
buen cuidado en mantenerse en la copa de los árboles, volar alto y evitar la Humanidad. Su mundo empieza
donde se detiene mi débil vista. Ahora bien, una mañana, nuestros campos se
hallaban sumidos en una niebla extraordinariamente espesa, y yo caminaba a
tientas hacia la estación. Bruscamente, aparecieron a la altura de mis ojos dos
alas negras y enormes, precedidas de un pico gigantesco, y todo se alejó como
una exhalación y con un grito de terror como espero no volver a oír otro en mi
vida. Este grito me obsesionó toda la tarde. Llegué hasta el punto de mirarme
al espejo, preguntándome qué habría en mí de espantoso… Por fin comprendí. La
frontera entre nuestros dos mundos se había borrado a causa de la niebla. El
cuervo, que se imaginaba volar a su altura acostumbrada, vio de pronto un
espectáculo sobrecogedor, contrario para él a las leyes de la Naturaleza. Había
visto a un hombre que andaba por los aires, en el corazón mismo de los cuervos.
Había presenciado una manifestación de la rareza más absoluta que puede
concebir un cuervo: un hombre volador… Ahora, cuando me ve desde arriba, lanza
unos pequeños gritos, y yo descubro en ellos la incertidumbre de un espíritu
cuyo universo se ha desquiciado. Ya no es, ya no volverá a ser jamás como los
otros cuervos…
Yo también sentí que se desquiciaba
mi universo. Al acercarnos un poco al callejón, el penetrante olor a basura que
se acumulaba cerca de los postes, una nauseabunda mezcla de orina, licor,
comida podrida y demás cosas que no pudimos ni quisimos identificar, llegó
hasta nosotros como un vapor caliente y, sólo por un segundo, hizo que nos
miráramos las caras considerando nuevamente la posibilidad de escapar. Fue
entonces cuando me percaté de que el rostro de Belén estaba empapado en sudor,
aunque la brisa fría nos apuñaleaba a medida que avanzábamos. Agatha, a su vez,
se sostenía con firmeza de mi brazo derecho, caminando a pasos cortos detrás de
mí… Miramos hacia el interior, el ancho de la callejuela era de unos dos metros
y, al fondo, la cerraba una pared de ladrillos garabateada de graffitis. Cerca
de un montón de cartones mojados y bolsas de basura yacía una mujer con
apariencia de indigente, tirada sobre el piso de asfalto, medio recostada del
rincón, cabeceando con la boca abierta en un esfuerzo por mantener sus últimas
fuerzas. Estaba descalza, con las piernas abiertas y extendidas. Su falda roída
y sucia estaba empapada de sangre, formando un charco espeso que se extendía
por los bordes de la acera…
Mi primer impulso fue echarme para
atrás, tropezándome con Agatha que tenía los ojos abiertos de par en par,
húmedos, con las pupilas vibrando escandalosamente en lo que asumí como una
mezcla de pánico y desesperación. Belén profirió un grito ahogado y
escalofriante, llevándose ambas manos a la cara. Su reacción hizo que se me
helara la médula espinal, al mismo tiempo que la mujer en el suelo extendía los
brazos hacia mí y chillaba como una hiena moribunda. Ninguno de nosotros se
acercó, estábamos demasiado estupefactos para hacer algo, además, ¿qué se
supone que debíamos hacer? ¿Ayudarla?
En eso escuchamos la sirena de una
patrulla que se acercaba…
Corrimos inmediatamente, dejando a la
mujer desangrándose sobre los cartones. Otra vez actuábamos por puro impulso,
imperaba la necesidad de alejarnos de allí a cualquier precio. Tomando en
cuenta lo que habíamos vivido esa noche se entenderá por qué no esperamos a que
llegara la policía. No les temíamos a ellos, bastaba con decirles que sólo nos
habíamos acercado después de escuchar los gritos. Quizá hasta era conveniente
describir al sujeto de los perros… Pero pensar en todo eso requería una
tranquilidad mental que ya nosotros no poseíamos. Lo mejor era desaparecer, al
fin y al cabo estábamos cerca de la estación del metro.
Llegamos a la casa, los tres
temblando y al borde de un desmayo. No intercambiamos palabra durante todo el
recorrido, yo tenía la boca seca y las sienes me palpitaban con anormal intensidad.
Agatha se había puesto verde y fue directo al baño a vomitar. En la sala nos
quedamos Belén y yo, aun parados y frenéticos, incapaces de sentarnos.
-
No
quiero saber más nada de ese maldito documental –me dijo.
-
¿Ah?
–pregunté, cual si acabara de despertarme-. ¿Por qué?
-
¡¿Cómo
que por qué?! –y rompió a llorar.
Esa noche, por supuesto, no pudimos
dormir. Primero intentamos relajarnos preparándonos unas ampollas, pusimos
música suave, ahora mismo no recuerdo cuál exactamente, pero fueron intentos infructuosos.
Cuando busqué el yesquero en mi bolsillo para encender un cigarro me conseguí
con la piedra que había recogido frente al teatro. Nada más verla, Agatha y
Belén rompieron en aullidos de terror, pero no tenían por qué hacerlo, les
dije, de todas formas no estaba relacionado con lo del callejón ¿o sí? Eso
último pugnaba por salir desde hacía rato.
-
A
mí todo me parece demasiado extraño, así que deberíamos botar esa maldita
piedra lejos de aquí –dijo Agatha-. ¡Tírala por la poceta!
-
¡Sí!
¡Aléjala! No quiero verla –dijo a su vez Belén.
Yo traté de calmarlas, diciéndoles
repetidas veces que aquella piedra no tenía nada que ver con lo que pasó en el
callejón.
-
Además
–le dije a Belén-. Tú fuiste la que salió disparada a ver qué coño era lo que
sonaba. No me eches la culpa a mí.
Al final decidimos quedárnosla. Logré
convencerlas, pero creo que fue principalmente porque ya estábamos bajo los
efectos de las ampollas y veíamos todo distante y ajeno, como en una película. En
cuanto a mí en particular, ya estaba bastante tranquilo. No tenía sentido que
el sujeto de los perros y la piedra estuviesen relacionados, así de sencillo.
Por consiguiente, no iba a dejar que ese acontecimiento fortuito (y en exceso
desagradable) interrumpiera el avance del documental. Puse la piedra sobre la
mesa, observándola cuidadosamente con la ayuda de mi lámpara blanca de lectura.
No presentaba nada fuera de lo común (aparte de que era verde brillante, por
supuesto, y de que apareció de la nada frente a nosotros)…
Eran como las dos de la madrugada
cuando opté por dejar de examinarla y, preparando lo que restaba del contenido
de las ampollas, me sumé a Agatha y Belén que veían una película de Disney.
Al día siguiente el suceso no salió
en las noticias, por un momento pensamos que podía haber sido una alucinación, pero
terminamos por considerarlo real: lo vimos con demasiado detalle. La mujer, y
este era una idea perturbadora que surcaba mi cabeza, parecía haber sido
violada brutalmente por los perros. No comenté nada al respecto pero era una
posibilidad, explicaba la sangre empapándole el vestido. Belén se negaba a
seguir con el proyecto del documental y Agatha estaba aun perturbada como para
emitir un juicio imparcial. Eso hizo que discutiéramos al principio pero, después
de todo, el hecho de continuar nos seducía a todos por igual, cual una profunda
necesidad. Terminamos alrededor de la mesa, examinando de nuevo la piedra
verde, sin la más remota idea de lo que estaba sucediendo. La única opción que
nos quedaba era asistir al supuesto festival de disfraces futurista, allí se
iba a presentar, probablemente, la gente que buscábamos. Por lo demás, debíamos
estar cien por ciento atentos a cualquier irregularidad. Las sabias palabras de
Lovecraft, en uno de sus textos llamado Del
Otro Lado, fueron mi principal inspiración: ¿Qué sabemos –decía- sobre el
mundo y el universo a nuestro alrededor? Los medios de los que disponemos para
percibir impresiones son absurdamente pocos, y nuestras nociones sobre los
objetos circundantes infinitamente estrechas. Vemos cosas tan sólo porque
estamos diseñados para verlas, y no podemos hacernos idea de su naturaleza
absoluta. Con cinco débiles sentidos tratamos de asimilar el cosmos complejo e
infinito, aunque otros seres con sentidos más amplios, más fuertes o de clase
diferente podrían no sólo ver muy distintas las cosas que nosotros vemos, sino
también acceder y estudiar mundos completos de materia, energía y vida que se
encuentran al alcance de la mano, pero que jamás podremos detectar con nuestros
sentidos. Siempre he pensado que tales mundos extraños, inaccesibles, coexisten
junto a nosotros, y ahora creo haber encontrado una forma de romper las
barreras…
En los días que transcurrieron no
hice más que seguir trabajando en los videos, sorprendiéndome cada vez por la
calidad de los disfraces y los complejos efectos especiales. A decir verdad, no sabíamos ni podíamos
comprobar en ese momento si se aparecerían en el festival de disfraces, allí
suele ir mucha gente, algo que quizá a ellos no les conviene. Nos enfocamos en
revisar su página web a toda hora, con la esperanza de que publicaran algo y,
en efecto, apenas instantes antes del evento, mostraron el siguiente mensaje:
REPTILES
Esta noche en su última presentación
Cerca del Festival
Cerca del Festival. Eso quería decir, seguramente, que se instalarían en algún lugar donde
la multitud, por encontrarse pendiente de los disfraces y demás manifestaciones
de entretenimiento, no los rodearía con facilidad, permitiéndoles ensamblar el
escenario en paz y disponer del resto de los preparativos de su evento. Si nos
apresurábamos quizá seríamos de los primeros en llegar, con tiempo suficiente
para dar vueltas por todo el lugar y verificar su posición exacta. Agatha
estuvo de acuerdo, sólo nos faltaba convencer a Belén, pero eso no iba a ser
demasiado difícil: ya estaba mostrando ansias por terminar de una vez por todas
con la investigación que estábamos llevando a cabo. Le enviamos un mensaje de
texto y planificamos nuestro encuentro.
A eso de un cuarto para las ocho de
la noche nos vimos en las mesas del Yig
Café, unas cuadras más allá de donde tenía previsto comenzar el festival.
Habían puesto una tarima considerablemente grande y allí se iban a presentar
varios grupos de música local que, por lo demás, a nosotros nos daban igual. No
podíamos pensar en otra cosa que no fueran los reptiles, eso a estas alturas es
más que comprensible… Como controlado por un pueril capricho, yo me había
equipado con la piedra verde, confiando en que serviría como amuleto esta vez.
No sé de donde provino esa idea y, por lo tanto, no perderé el tiempo
explicando las razones que me convencieron acerca del influjo que esta ejercía
sobre mí y, por más extraño que suene, sobre todo lo que me rodeaba. Por tratarse
de un festival de disfraces nos vimos obligados (yo, sobretodo, con cierto
enfado) a llevar máscaras. Decidimos hacerlo de la manera más sencilla posible,
es decir, que buscamos modelos por Internet y los imprimimos, les abrimos
agujeros en los ojos y, con una liguita, nos las amarramos a la cabeza. Sólo
para recrear la idea diré que Agatha se puso una máscara de Zelda, princesa de un videojuego, Belén
optó por una de Naruto, personaje de
un animé japonés que le encantaba, y yo, preferí el rostro de Vincent Price, un famoso actor de
películas de terror… Una vez que nos encontramos todos en las mesas del café
partimos de inmediato hacia las adyacencias del bulevar, enfundándonos en
nuestras máscaras, con la intención de conseguir a los reptiles cuanto antes.
Media hora después la búsqueda no
daba resultado. Ya había comenzado la música en la tarima principal, que por
cierto se trataba de una canción conocida: un cover bastante malo de Subterranean Homesick Alien, de
Radiohead. La gente colmaba las calles, todos vestidos con disfraces sumamente
extravagantes, fumando, tomando, bailando, etc., mientras que nosotros
seguíamos caminando sin parar de un lado al otro, aun considerando si debíamos
alejarnos más del perímetro del festival. En eso estábamos, parados en una
esquina fingiendo distraernos, cuando, en el instante en que la música se
detuvo para darle paso a una nueva banda, nos llegó el leve rumor de unos
aullidos agudos y estremecedores, sin duda inhumanos, parecidos al chirrido de
alguna máquina antigua y oxidada. Venían de dos calles más allá, donde no
alcanzaban las luces coloridas del festival ni el alboroto de la multitud.
Caminamos entonces, decididos, en esa dirección.
Al pisar la esquina, tullidos por el
frío que azotaba la noche, nos encontramos con lo que sería el acontecimiento
más descabellado de todos: frente a los edificios oscuros había una pequeña
tarima, de no más de cuatro metros cuadrados, cubierta totalmente por cortinas
verdes que se agitaban con el viento. Del interior surgía el crujir de metales
que ya antes escuchamos, junto con una música suave y de tendencia electrónica.
No había nadie alrededor. Nos acercamos en silencio y con pasos lentos, de
nuevo poseídos por alguna determinación desconocida que nos libraba de todo
miedo y sospecha. A poca distancia del escenario, cuya iluminación tenue y
parpadeante nos hipnotizaba, notamos que las cortinas se abrían dándonos paso
al interior. Subimos una pequeña escalerilla y entramos…
De varías mangueras ubicadas en el
suelo, hacia los bordes, salía humo. Todo estaba lleno de cables y paneles a
los lados, como en el interior de alguna cabina de mando interestelar. En el
centro, tras un escritorio, un hombre
disfrazado de lagarto, con la piel verde llena de escamas, nos dio la
bienvenida:
-
Para
poder presenciar el espectáculo deben ponerse sus trajes especiales – añadió, a
la vez que se levantaba de su asiento, revelando su elevada estatura. Iba
vestido con chaqueta de jean y pantalones oscuros, con agujeros deshilachados
en las rodillas. Por lo demás, portaba un sombrero de vaqueros color marrón.
Quedamos mudos de asombro.
Inexplicablemente, nos dejamos conducir por el sujeto hasta el exterior, del
otro lado de la tarima. Allí había varias sillas plásticas dispuestas frente a
un pequeño televisor. Nos invitó a sentarnos, luego accionó un control remoto
que sacó de su bolsillo y, así sin más, dio comienzo a un video documental.
Mostraba al principio la explosión de
la bomba atómica, en blanco y negro, y varias escenas de búnkers alemanes,
tanques de guerra que disparaban sobre una colina, soldados corriendo por
trincheras, etc. De no ser por el idioma, que era totalmente desconocido para
nosotros, podíamos asegurar que era un documental de History Chanel sobre los
nazis y la segunda guerra mundial. Sin embargo, minutos más tarde aparecieron
imágenes de cohetes propulsándose al espacio, aviones experimentales de
características muy diversas, además de entrevistas a científicos con extraña
apariencia (pues tenían la piel corrugada y facciones alargadas) que,
balbuceando sonidos incomprensibles, conducían de cierta forma las
descripciones de lo que veíamos, ayudándose con inmensos planos y libros
antiguos… Uno de ellos, encerrado en un laboratorio lleno de artefactos sacados
de la más primitiva ciencia ficción, extrajo de un armario el objeto que
llamaría nuestra atención en el acto, trayendo además como consecuencia que nos
pusiéramos nerviosos: era una piedra verde exactamente igual a la mía…
Según los diagramas entendimos que
era una especie de fuente de energía. Luego salían videos de excavaciones y minas
arqueológicas, imposibles de detallar con precisión. Inferimos que era un
mineral muy preciado, oculto, quizá de origen extraterrestre, y todo un equipo
de científicos y especialistas estaba dedicado a su búsqueda. Para eso,
utilizaban maquinarias y complejos radares, siguiendo un mapa lleno de cálculos
y anotaciones. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que inició el video,
por lo que hice señas a Agatha, tratando de pasar desapercibido, para que me
indicara la hora. Ella, no obstante, no me vio. Su rostro plácido sirvió para
tranquilizarme momentáneamente, así que seguí viendo el video. Aproveché
también para voltear atrás, hacia el lugar donde se alzaba la tarima… allí
seguía el sujeto disfrazado de lagarto-humanoide, mirando vigilante nuestra posición,
con los brazos cruzados en la espalda.
El documental ejercía una fuerza
tremenda, Belén tampoco era capaz de apartar sus ojos del televisor, la observé
por largo rato y ni siquiera se dio cuenta. El frío se hacía cada vez más
intenso, punzante. La calle más allá seguía desierta, silenciosa y oscura. ¿A
qué venía todo aquello? ¿Acaso yo era el único que podía distraerme?... En
medio de esas cavilaciones una idea terrible se clavó en mi cerebro de repente:
era una trampa. Nos habían hecho ir hasta allá, a nosotros solos, de alguna
forma, para que entregáramos la piedra. ¿Pero cómo? No lo sé, aun ahora ese
pensamiento me intriga. Los Reptiles
eran, sin duda alguna, especies de otro mundo, macabras criaturas del espacio
exterior que vinieron a la tierra a extraer ese mineral del que yo poseía una
muestra. Y no iban a largarse sin conseguirla… La mujer que vimos morir en el
callejón era una víctima… Allí me llegó esa revelación, mientras fingía estar
contemplando el documental… Pensé que lo que tenía que hacer a continuación era
despegar a Agatha y Belén de sus sillas y…
-
¿Ocurre
algo? –preguntó el hombre-reptil que ahora se alzaba a mi lado.
-
No,
nada –balbuceé. Sus ojos eran verdes, de pupilas alargadas.
-
Lo
mejor será que venga conmigo –dijo finalmente, tomándome cortésmente por el
brazo derecho.
-
¿Cómo?
Pero si…
Nuevamente accionó el control remoto
y el televisor se apagó, sacando a mis acompañantes de su ensimismamiento…
Ellas me miraron, sin reaccionar. Me levanté de la silla, dispuesto a colaborar,
y los tres fuimos conducidos otra vez al interior del escenario.
Dos hombres más, flacos como
lagartijas, de piel verde y escamosa, nos miraron mientras entrábamos. Se
colocaron a cada lado, sujetando a Belén y a Agatha, al mismo tiempo que nuestro
interlocutor encendía una larga pipa ornamentada, gris, que emanaba un aroma
rancio:
-
Entréganos
la piedra –dijo.
-
¿Cuál
piedra?
De pronto sentí un profundo dolor en
mi pierna izquierda, a la altura del bolsillo.
-
¡La
piedra! –aullaron todos al unísono. Sus voces eran agudas y metálicas,
sobrenaturales.
No pude hacer más que sacarla. Su
peso se había incrementado considerablemente, al punto de que casi se me cae
sin querer. Los ojos de los reptiles se abrieron al máximo. Todo se volvió
confuso, algo en el aire me impedía respirar con naturalidad. Las cortinas
bailaban como si tuvieran vida propia y quisieran arroparnos. Extendí la mano
sin contenerme y el hombre-reptil obtuvo la piedra. Cuando la tomó entre sus dedos
alargados vi que de las fauces de su boca emergía una lengua de serpiente. Se
movía con rapidez, de arriba abajo, causando un sonido sibilante, grotesco y
asqueroso.
El viento se intensificó. La música,
hasta entonces con volumen imperceptible, inundó el escenario junto al ruido de
unas potentes turbinas. De las alturas, justo sobre nosotros, llegó el
resplandor de luces amarillas y verdes, que giraban y se proyectaban hacia
todos lados. Quedamos aturdidos, sumidos en la confusión y el desespero. Agatha
y Belén, por otro lado, permanecían paradas y mirando hacia arriba con la boca
abierta. Seguí la dirección de sus miradas febriles, extendiendo los brazos en
un acto involuntario por mantener el equilibro. El humo se había dispersado por
el fuerte viento, pero era tan copioso que ahora nos cubría como una manta. Más
allá de los andamios del escenario, sin embargo, noté un gigantesco círculo
brillante que se acercaba, calentando el ambiente hasta convertirlo en un
infierno…
Es necesario aclarar que, durante ese
acontecimiento, nuestra percepción de los hechos no se dio linealmente. Si
ahora soy capaz de escribirlos es porque ya ha pasado mucho tiempo y mi mente
les ha dado un orden propio, obedeciendo tal vez a los niveles de intensidad
con que viví cada uno de ellos. Agatha y Belén confirman esta hipótesis, en sus
casos sucede lo mismo. No obstante, y como ya dije antes, ellas sí vieron el
documental sin interrupción, por lo que entendieron lo que estaba a punto de
ocurrir y quisieron arrastrarme con ellas hacia el exterior del escenario. Yo
permanecía quieto, clavado al suelo, pálido, respirando con dificultad y no
comprendí sus movimientos. Me empujaron con fuerza hasta que entré en razón y
vi que sus bocas se movían como si gritaran, pero no podía escuchar nada, el
ruido de las turbinas, junto con la visión de aquellos hombres-reptiles
agitándose y aullando era todo lo que existía para mí en ese momento. Salimos
corriendo de allí hacia la penumbra de la calle, no es que estuviera tan oscura
sino que las luces del interior nos habían encandilado. Por supuesto no
sabíamos qué dirección tomar, tampoco nos importaba en lo más mínimo, sólo
deseábamos huir de allí a toda costa… A mitad del camino, antes de doblar en la
esquina, tuve el impulso de voltear atrás. La tarima irradiaba resplandores
incandescentes que me cegaron por completo, pero antes pude ver a aquellas
criaturas flotar en medio de la nada, rápidamente, hasta que alcanzaron el
círculo brillante en las alturas y desaparecieron sin dejar rastro. Mi peor
sospecha era cierta: los seres extraterrestres, sin más objetivos que la piedra
misteriosa, habían invadido la tierra. Quedamos entonces como aquel cuervo que
menciona Loren Eiseley, nuestro universo trastocado se reordenaba a la vez que
el platillo brillante y los reptiles desaparecían, pero a partir de ese momento
ya nada sería como antes, habíamos traspasado, en cierta forma, la barrera
entre este mundo y otro más allá, desquiciante, tan real como nosotros mismos…
Tiempo después asumí la tarea de dejar la verdad en este testimonio, con la
finalidad de que alguien, quizá en un futuro cercano, pueda leerla y,
libremente, darle su propia interpretación.


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